| atras a cuentos en espanol
|
El sueño deLa nieve caía tendiendo un blanco velo que cubría los alrededores de pequeños copos de algodón. Un fuego ardía dentro de la casa, produciendo un calor crepitante y agradable. El fuerte aroma a café inundaba los rincones, mientras el oscuro líquido escurría a través del filtro. Helena entró en la cocina con el cabello húmedo por el baño reciente, dispuesta a disfrutar de un merecido tiempo en soledad antes de que el día agonizara. La cafetera rezongaba mientras los últimos vapores de agua pasaban por su interior y las postreras gotas de la infusión se demoraban en caer. Vertió una generosa cantidad de bebida en su taza y la endulzó a su gusto. El vapor impregnó su nariz. Los gratos recuerdos asociados al inconfundible aroma acudieron a su memoria, recuerdos de desayunos infantiles con café con leche y pan con manteca. Tomó el libro con el que preparaba sus lecciones de inglés, acomodando todo sobre la mesa de forma tal de tener las cosas a mano. Buscó el texto que su profesora le había marcado y comenzó a leer cuidadosamente.
Le molestaba estar tan sensible, tan frágil. No era normal que la menor circunstancia actuara de disparador de sus emociones, desbordándola. Después de unos instantes se repuso. Comenzó a leer un párrafo por vez, intentando traducir las palabras a su lengua natal a medida que leía.
Había tomado la decisión de emigrar un par de meses atrás, al no poder soportar por más tiempo el caos imperante en su país. Siempre había creído que huir cobardemente del lugar que había cobijado su infancia y juventud era una especie de traición imperdonable; pero más tarde comprendió que no le debía nada a ese conglomerado de voluntades dispersas que habían pulverizado la fe en su tierra, en su nación, llenándola de furia y frustración. Un día despertó por la mañana y después de considerar a conciencia la situación en la que se encontraba, reconoció que su única y real certeza era la incertidumbre; la incertidumbre de no saber qué sería de su vida en el futuro, la certeza de saber que fuese cual fuese el futuro por venir, no habría lugar en él para su proyecto de vida. El llamado proveniente del exterior le había parecido como una salvadora tabla flotando en medio de los restos del naufragio, una salida para el desánimo en el que se encontraba sumergida, resignada. No dudó mucho en tomar la determinación de partir, casi sin mirar a su alrededor para no ver las caras de tristeza que la rodeaban, casi sin atender a las valederas razones de aquellos que lamentaban su partida. Sus ojos y sus pensamientos volvieron a la indiferente página del libro, que la contemplaba impasible.
Sus sueños la habían arrastrado demasiado lejos en aras de poder concretarlos. Sueños cotidianos, domésticos, pero sueños al fin, se decía, como justificándose. Sí, había soñado, había imaginado una vida plena de cosas pequeñas pero trascendentes, sencillas pero edificantes. Estudiar alguna carrera, tener un lugar propio donde vivir, alguien con quien compartir ese lugar y transformarlo en un refugio, un hogar y finalmente, formar una familia con los frutos de su amor y de su vientre.
Claro que había un costo, un precio que debía ser pagado en cómodas cuotas, día a día, como expiando la culpa de querer soñar, de querer trascender la mediocridad y el embrutecimiento, de querer ser considerada como un ser humano y verse tratada y respetada como tal. Otra vez sus ojos se empañaban sin que pudiera impedirlo. No era sólo tristeza; era una mezcla de rabia e impotencia que brotaba incontenible al comprender que no le habían dejado otra salida. No quiso quedarse a apostar los mejores años de su vida en un juego en el cual, probablemente, llevaría las de perder. No quiso arriesgarse a despertar un día reprochándose lo cobarde que había sido al negarse la posibilidad de explorar nuevos horizontes. Miró por la ventana durante un momento. La nieve seguía cayendo, pintando toda la escena de blanco con lentos toques de pincel. Dedujo que el café ya estaría congelado y todavía no había probado ni una sola gota, tan presa había estado de sus reflexiones. Se obligó a continuar con la lectura ya que le quedaba sólo el último párrafo. Tomo un pañuelo y secó sus ojos lentamente. Enfocó el texto y leyó:
Se levantó de la silla y se detuvo frente a la ventana, observando el paisaje ya enteramente blanco que comenzaba a ser invadido por la sombras de la temprana noche. Pensó en el último verso que acababa de leer. Quizás sus sueños se apagaban también entre las mismas sombras, esperando por el nuevo día, esperando la luz del sol, esperando por un venturoso mañana. |