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Vía intestinalEL JUEZ: LA MUJER: Albert Camus
Fajado, perfumado, brilloso, con traje oscuro y reluciente, el cráneo pelado, dio las órdenes del almuerzo en la cocina, el nombre de manjares le traía baba entre los labios, croaba a la sirvienta chorreando descuidadamente un hilo fino por las comisuras. Se revisó en el espejo de la sala, la cicatriz del cuello sacaba la punta negruzca, alzóse el cuello, inhaló ronco. Eran las ocho y media de la mañana. Se zambulló en su Ford LTD del cual sólo afloraba media cabeza por la ventanilla. Sintió la gripe en los ojos, en las fosas nasales, buscó la luz del sol y esperó estático; el chofer hundió el cristal de la ventanilla y él descargó un estornudo profundo, se sacudió la nariz y emergió un moco púrpura, añejo. ¡Arranca! Saboreaba aquel bienestar del gaznate: era vida recobrada, plena, sentida, después del estornudo. La calle, resortarse, vadear hoyos, eran un sopor de chocolate que pesaba en los intestinos, provocaban movimientos sísmicos ventrales que se apaciguaban y amagaban, intermitentes, nuevo dolor... La náusea era un síntoma que no se concretaba, pero mandó detenerse. Quedó reposado en el asiento, respirando como un hipopótamo. Sudaba. “¿Qué me pasa, carajo?”, buscaba la pastilla en el maletín, la encontró junto al birrete, la masticó gustando el dulzor. —Es el insomnio, señor —¡Y la resaca! Sí, había bebido hasta las tres, el malestar hizo recordárselo. “Estos carros tan grandes debieran traer sanitarios”, comentó al concierto interior de sus tripas, pero el llamado amainaba y él volvía a reclinarse en el asiento respirando amplio, dormitando. Una fila de cocoteros se retorcía en la avenida, veía las copas: escoltado, imaginaba su historieta, desde los cocoteros hasta el horizonte, al pie de la montaña, era el dominio de las amazonas, mi carro sobre alfombras y el ejército detrás, una señal mía y se destruye el mundo, yo en mi auto transportando mi harén, haciéndolo delante de media humanidad empeñada en darme placer. La presión de la faja lo hacía respirar asmático, se llenó de paz. Los mendigos apostillados en la entrada del Palacio de Justicia le imploraron, pero él bloqueó, renqueante, el corro, se despidió del chofer. Indiferente, trataba con una bruma de voces, pregones de empanadas, naranjas, quinielas, chulos; de colores fuertes que se arremolinaban en un fondo blanco lleno de luz. Vio a tres policías quitarse los quepis y sonreírle, una galería de abogados de pasillo, guardias, empleados de corbata; en los pasillos zumbaban reclamos y frases muertas; un olor a carne quemada, podrida, a basurero lejano, a encierro, lo metió a su ambiente familiar. Estremecimiento de pasos en la pocilga, el verraco alargado, bizco, lánguido de color, recogía expedientes y los rubricaba; la secretaria, joven jabada, arreglaba, arisca, hojas azules entremesando bostezos; el alguacil analizaba un pool hípico cuando el murmullo de acusados, familiares y gendarmería daban de pie su respeto al honorable magistrado que con espasmos de oso escaló el estrado vomitando saludos dentales, rescatando papeles de ayer, ajustándose la toga y el birrete, amoldándose detrás del Cristo y sentado tomó su actitud de borrego sagrado, manso, invulnerable. Iba pesándole el trasnocho en los párpados, el sueño sobrevenía en un sopor dulce, caliente, en el que las voces ondulaban surreales, se contradecían, atacaban, citaban; era un accidente de tránsito, faltaban comparecencias como siempre, alargó la mano, acarició el mazo, dictó, pesado, el reenvío para regresar a la postura soñolienta, iconoclasta. El alcohol le llegaba en vértigos breves, agradables, un estado de inconsciencia que hacía particular la rutina de formularios, documentos y expedientes. Las amazonas bajaban a un arroyo tibio, transparente, se hundía en sus muslos de madonnas, regocijado en lo múltiple. Iñigo de Loyola, desposado, parecía del Greco, estirado, barbudo, relataba torturas y vejámenes, tres periodistas y dos fotógrafos apremiaban cámaras y notas, hubo zapateo y movimiento: se esfuma el último corcel con el fhash. Las tripas hervían mensajes agrios que subían, bajaban, se negaban a salir. Batía las nalgas, escuchaba: el mimo de la meditación, el buda casero embotado, soñoliento, ilusionado. El fiscal, bufo, negaba todo argumento que hablara de tortura, honorabilidad, no delincuencia del acusado, inflaba el pecho y a bocanadas de aire exhalaba la corte de frases turiferarias del Buen Ciudadano: Don Orden Público, Doña Moral y Señorita Buenas Costumbres, refraneaba, esgrimía códigos, leyes, acápites romanos y franceses, que el magistrado padecía en su letargo como una canción de cuna. Se sucedían voces: aquella grave, de percusión, otra de guiñol, un falsete que interrumpía con desvergüenza. Sonó el mazo refrenándose la barriga y dictó REENVIO. Iñigo de Loyola, despectivo, visajeó un gesto cuya significación no pudo precisar el magistrado, pues el niño que le traía los emparedados, lo enfrentaba a uno relleno con queso y una hoja de lechuga amoratada que sobresalía suculenta. Salieron las botas, los periodistas y las cámaras, y el silencio dominó —apenas molestado por papeleos, sellados y tecleo—. Bullía su follaje interno, los gases circulaban, se apretujaban, retrocedían. Salivaba ante el manjar, y le pegó la primera mordida. Dos moscas gordas sobrevolaron alrededor del birrete, husmearon, se fueron. El Alguacil cantaba nombres de citados ausentes, el Fiscal fisgueaba la sala y el malestar del magistrado pronto al socorro, pronto a la pregunta, miraba la sala, casi vacía... o perecía mirarla. El magistrado pesaba el malestar removiendo los cúmulos de grasa. Subió un señor famélico, ovillado, que acusaba de robo a un obrero, el magistrado lo remitió al fiscal y empezó a sentir la inminencia de su pedorrera, y con señorial ademán se ladeó disparando como pieza de artillería, luego se apoyó en su actitud trascendental, búdica, expectante, reflexiva. Iba dictando el reenvío cuando quedó sumergido en un vaho penetrante de mil años de putrefacción, un follón maligno, de huevos empollados. Roncaba ya, baritonal, copado de su elemento: una emanación fluida, pestilente, que era un aura común y cotidiana, por lo tanto ordinaria, indiferente para el fiscal, la secretaria y los abogados, pero estomagaba acusados, policías y testigos que repelían agobiados la tufarada que impregnaba la audiencia, permanente, imborrable. Los comentarios zumbados en la sala lo hacían volver de la modorra y el marasmo para pintar un gesto sonámbulo, perezoso en el aire infecto. Pero no oía nada, quedaba en la ambientación perfecta, en su escenografía esperpéntica, listo para absolver, condenar, reenviar. |